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Opinión
domingo 26 de marzo de 2017, 01:00

Arruinando el nuevo siglo

Luis Bareiro
Por Luis Bareiro

Dos vecinos eligen caminos distintos para mejorar la calidad de sus vidas y la de sus familias. El primero, a costa de un duro régimen de privaciones, ahorra lo suficiente como para ir comprando gradualmente ladrillos, cemento, pintura, cables, tejas e ir montando su casa, a lo largo de cuarenta años. Pasadas las cuatro décadas, tiene una morada digna sin jamás haber debido un peso.

El segundo, tomó un crédito y construyó su casa de una sola vez con todo lo que le hiciera falta, y fue pagando el préstamo a lo largo de cuarenta años. Siempre debió dinero, pero siempre vivió en un hogar confortable.

La pregunta clásica que se hace en economía es cuál de ellos vivió mejor. La respuesta simple es que tuvo una vida mejor quien optó por el financiamiento. Esta parece además una respuesta obvia para el debate que nos ocupa hoy como país sobre la cuestión de si es correcto o no endeudarnos para financiar obras, y hasta dónde deberíamos hacerlo.

Justamente, a propósito de ese debate, yo quiero agregar a la fórmula tradicional un tercer vecino, uno que tomó el crédito, pero que lo destinó en su mayor parte a pagar la mejor educación que se pudiera ofrecer a sus hijos, y un seguro médico que les garantizara cobertura de salud.

Ahora sí, ¿cuál de estos hogares creen que terminó con una mejor calidad de vida? Estoy seguro de que el tercero. No habrá sido inmediato, pero a los diez o quince años, esos hijos con la mejor formación y los cuidados médicos garantizados habrán tenido una infinidad de oportunidades para generar la renta necesaria como para construir la casa familiar que quisieran, con y sin financiamiento.

Esto mismo quiero trasladarlo al debate actual. Tengo la impresión de que estamos perdiendo de vista lo importante porque el punto principal no es el endeudamiento en sí, que sigue siendo razonablemente bajo, sino en qué estamos invirtiendo el dinero, o mejor, en qué no lo estamos invirtiendo.

Y no lo estamos haciendo en educación. Ya ni hablemos de la infraestructura, que es casi lo menos relevante, no estamos invirtiendo en reformular por el sistema de la educación pública. En tres años y medio de gobierno, no hicimos un solo congreso de educación, jamás nos planteamos siquiera cómo revolucionar el modelo, no tenemos la más mínima participación en el debate mundial sobre lo que hoy se llama la educación del siglo XXI.

La escuela tradicional que sobrevivió un siglo y medio, aquella montada en torno al fenómeno de la reforma industrial, con alumnos formados en filas en pupitres iguales frente a un maestro que repetía verdades indiscutibles, el de los uniformes y el pelo cortito, el de la acumulación de conocimientos, esa vieja escuela que tantos veneran y que nosotros ni siquiera logramos montar aún está en quiebra.

Y nosotros ni siquiera nos dimos por enterados. Seguimos enfrascados en una discusión del siglo XIX, mientras les arruinamos el XXI a nuestros hijos.