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Opinión
viernes 22 de julio de 2016, 01:00

Aportes desde el rincón vergonzante

Por Carolina Cuenca
Por Carolina Cuenca

Hace poco tuve un accidente de tránsito. Además de hacerme patente la situación terrorífica de muchos ómnibus que, por su mal estado, ponen en peligro mortal a sus pasajeros, las deficiencias en el sistema de salud y otros males, sin embargo, pude rescatar una cosa noble: la solidaridad de nuestra gente. Les digo algo más: el paraguayo todavía tiene el sentido común despierto, con todo lo que nuestra educación sesgada y mediocre, con todo lo que el sistema político y judicial corrupto, con todo lo que el entretenimiento estupidizante, con todo lo que el consumismo, con todo lo que sistemáticamente nos adormece y anestesia.

Es cierto que la empresa criminal que pone ómnibus en mal estado en las calles también estará dirigida por un paraguayo, pero ¡cuántas manos, voces y hombros amigos se encuentra uno en situaciones inesperadas! En la calle se viven experiencias solidarias a diario y eso que ya casi nadie tiene idea de cómo los abuelos practicaban el jopói. En la raíz no veo otra cosa que eso que el gran pedagogo italiano monseñor Giussani denominaba el sentido religioso. No se incomoden, solo quiero proponer como hipótesis explicativa de nuestra persistente y terca forma de acoger y custodiar la vida como un bien personal, ese precioso ykua satî llamado apertura a la realidad y fe que no nos han robado siglos de adoctrinamiento racionalista reductivo ni de cinismo seudointelectual.

El problema es que esto no nos lo creemos. "Naa. No va a ser". "Todo empeora y no hay que pues ser ilusos". Pero, entonces, ¿cómo se llama lo que vivimos a diario con los vecinos, los compañeros, la familia y los extraños en materia de compasión y ternura? Es cierto, las cosas buenas deben ser cultivadas y razonadas para que alcancen altura, pero la semilla está.

Entonces, ¿por qué será que dejamos que nos vayan arrinconando hasta una posición vergonzante (no vergonzosa como eso que uno hace mal y esconde, sino oculta para no ser malinterpretados, señalados, humillados)?

Sí, nuestra autocrítica a veces es cruel, irrealista, vergonzante. Nos acompleja. Pero, en verdad, nuestra cultura se nutre de tradiciones muy humanistas, de primer nivel civilizatorio, aunque esté escrita en jopara y no en cuadernos universitarios, sino en gestos cotidianos.

Deberíamos más bien potenciar y no avergonzarnos de ser gente que cree en la vida, de ser conservadores, es decir, capaces de custodiar aquello que todo alrededor hoy parece querer negar, destruir y arrebatar: la inocencia, la gratuidad, el sentido común. Al contrario, son cosas que deberían constar en el currículum: persona paraguaya, sencilla, de buen ánimo, especialista en apodos, sabe atar con alambre, recuerda los favores, busca el lado positivo y encuentra; no teoriza, actúa; protege la vida...