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viernes 17 de marzo de 2017, 01:00

Aborrecer el pecado

Hoy meditamos el Evangelio según San Mateo 21, 33-43. 45-46. El esfuerzo de conversión personal que nos pide el Señor debemos ejercitarlo todos los días de nuestra vida, pero en determinadas épocas y situaciones –como es la Cuaresma– recibimos especiales gracias que debemos aprovechar. Este tiempo litúrgico es una ocasión extraordinaria para afinar en la lucha contra el pecado y para aumentar la vida de la gracia con el ejercicio de las buenas obras.

Debemos pedir al Espíritu Santo que nos ayude a reconocer con sinceridad nuestras faltas y pecados, a tener una conciencia delicada, que pide perdón y no justifica sus errores. “El que tiene sano el olfato del alma –decía San Agustín–, sentirá cómo hieren los pecados”.

El papa Francisco a propósito del Evangelio de hoy dijo: “El jefe de los sacerdotes y de los fariseos al escuchar la parábola de Jesús entendió que hablaba de ellos. Intentaban capturarlo y hacerlo morir.

De esta manera la palabra de Dios está muerta, está aprisionada, el Espíritu Santo queda enjaulado en los deseos de cada uno de ellos. Y es lo que nos sucede a nosotros cuando no estamos abiertos a la novedad de la palabra de Dios, cuando no somos obedientes a la palabra de Dios.

Entretanto hay una frase que nos da esperanza. ¡La palabra de Dios está muerta en el corazón de esta gente y también puede morir en nuestro corazón! Pero no termina, porque está viva en el corazón de los simples, de los humildes, del pueblo de Dios.

Intentaban capturarlo pero tenían miedo de la multitud del pueblo de Dios, porque esta lo consideraba un profeta.

Aquella era una multitud de gente simple, que seguía a Jesús, porque lo que Jesús decía les hacía bien al corazón, les calentaba el corazón. Esta gente no se había equivocado, no usaba la palabra de Dios para hacer su conveniencia, sentía y buscaba ser más buena. ¿Qué podemos hacer para no asesinar la palabra de Dios?, ¿para ser dóciles y no enjaular el Espíritu Santo?

Dos cosas simples. La actitud de quien quiere escuchar la palabra de Dios es primero, la humildad; segundo la oración. Humildad y oración: con la humildad y la oración vamos adelante para escuchar la palabra de Dios y obedecerle”.

(Del libro Hablar con Dios, de Francisco Fernández Carvajal).