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miércoles 26 de abril de 2017, 01:00

A un compañero enfermo

Nosotros pensamos que lo único que vale es que podamos estar activos, que nos movamos a placer o que todo nos salga bien. Y cuando visitamos a un compañero enfermo, al verlo, no sabemos qué decirle.

Es necesario que reflexionemos y hagamos nuestro lo que es estar enfermo o impedido en muchas cosas por la edad. Y, esto por nuestros compañeros enfermos y por nosotros mismos, cuando un día estemos así.

He leído tres pensamientos sobre esto.

Primero: La enfermedad rompe nuestra seguridad y nos lleva a apoyarnos en algo o alguien más fuerte.

Segundo: En la enfermedad repasamos el pasado y nos reconciliamos con nosotros mismos.

Tercero: Con la enfermedad vemos la vida con nuevos ojos.

Curiosamente, las tres cosas son tres bienes que debiéramos de haber adquirido a medida que íbamos creciendo en los años. Pero no lo hicimos. ¿Por qué?

Y aquí habría que hacer un estudio profundo del sentido y de la realidad de la vida moderna, en la cual, con sus bienes y males, estamos insertos. Y esto ni lo hacemos ni nadie nos ayuda a hacerlo. Simplemente vivimos, millonarios en días (creyendo que estos nunca se van a acabar) y derrochándolos sin pensar demasiado.

Lo que escribo ahora es el karaku de todo.

Ese compañero enfermo, en su enfermedad, es maestro en estos tres temas.

Se siente poca cosa y acepta feliz ayuda de toda clase, porque ahora se ve necesitado de ella. Se ha reconciliado consigo y con Dios. Y nos puede enseñar mucho de la vida a la que ve cómo un tesoro.

Tiene ese carpe diem, bien entendido, que le hace (en medio de todos los dolores), soñar en futuro.

Cuando visitemos a un compañero enfermo, vayamos a aprender todo esto de él partiendo de lo que nosotros ni entendemos ni practicamos.

Y en ese diálogo procuremos ayudarlo.

Tal vez también descubramos que él necesita de nosotros.